Dicen los síntomas, reseña de Miguel Blasco

Al haberse convertido la enfermedad —de unos meses a esta parte— en el pan nuestro de cada día, es complicado que alguien no conecte directamente vía emocional con todo lo escrito en Dicen los síntomas. La elección del tema es un acierto en sí misma —y me consta que la autora la fue gestando desde mucho antes de la pandemia—, ha dado en el clavo 100%.

Pero luego uno se sumerge en sus páginas y se va dando cuenta que, además, son pocas las novelas que de una forma tan deliberada busquen la perfección y la excelencia en cada uno de sus párrafos, en cada una de sus frases y sus diálogos. Hasta su reveladora cita inicial, de esa otra escritora valenta i forta, la mega punk Kathy Acker (“¿De dónde procede la cultura? Os lo diré: procede de la enfermedad”), está tan bien traída, enlaza tan bien con el conjunto, que desde el aperitivo vemos venir que Bárbara no es amiga del relleno y la farfalla (marcas de estilo de la literatura postmoderna); no, todo está ahí por algo y todo aporta, la elección de los adjetivos y el empleo de metáforas apuntan hacia el mismo sitio:

 

“La enfermedad parece un arte abstracto pero es figurativo”.

“El asfalto era como un hígado secándose al sol”.

Ojo con el arranque, la primera página, esa descripción minuciosa de las rutinas de un hospital, esos hoteles extraños que pretenden alejar a la muerte con faenas constantes, —todo el rato parece que esté pasando algo en un hospital—, y que estremecerá tanto a los que los evitamos como la peste como a los que se han tenido que chupar en directo “ese orden germánico de quehaceres”. “Como si eso no se pareciera sospechosamente al infierno”, asegura Virginia, narradora-protagonista absolutamente memorable, nombrada solo al final, tan bien diseñada, tan llena de matices, que te embarga la sensación de haberla visto pasear por las calles de Valencia.

De la mano de Virginia nos vemos inmersos desde esa primera página en una situación complicada: la espera de la muerte, con su progenitor postrado en una cama, derrotado por la enfermedad. “Parece que por fin ha llegado tu hora”, le susurra. Zaska. Y nos metemos de lleno en el retrato de una familia de esas que Tolstoi aseguraría que no son para nada aburridas; una madre sufriente o gozosa por sufrir, una hermana con asombrosas ganas de ser estupenda, ese padre que no entraría en un manual de autoayuda para una paternidad perfecta…  Completan la foto muchos personajes secundarios, trabajados a fuego, entre los que destacaría ese doctor guapo que al principio pone como una moto a Virginia y está alucinante de la manera que narra cómo cambia a sus ojos una vez ella también se sumerge en la rutina del hospital. Y los compañeros de habitación. Y las enfermeras. Todas y todos definidísimos aunque ocupen dos líneas del relato, pasados por el filtro de Virginia. Y el filtro de Virginia bascula de lo despiadado a la capacidad de comprender al otro, de ponerse en la piel del otro.

Es un libro para hablar largo y tendido. Lo que más me ha fascinado es que bajo la trama y los personajes subyace una reflexión ensayística sobre el tema donde se citan un montón de referencias a películas, obras pictóricas y novelas que hayan abordado la enfermedad (de hecho, llega un momento que la novela se hermana con Canción de tumba del mexicano Julian Herbert), se citan casos clínicos reales, se filosofa sobre el futuro de la enfermedad, hay agudas reflexiones sociológicas… y Bárbara va tocando las teclas del piano y saltando de una cosa a otra de un modo envidiable.

Y, sin embargo, el libro es una celebración del cuerpo y está lleno de vida. En ese aspecto hay que agradecerle mucho a la autora primero el humor, el humor es vida, y Dicen los síntomas está bien trufado de momentos que provocan la sana carcajada y segundo, pero igual de importante, el tremendo elogio a la mujer como hacedora de vida y en especial a la figura de la madre soltera. No sé en otros lugares, pero en Valencia, bien entrados en los años noventa, el que escribe ha tenido que escuchar en la franquicia dominica en la que estudiaba que curas-profesores le soltaran “tu madre es una pecadora” y ha tenido que soportar la retranca de los compañeritos de clase, hijos de putita, asegurando que “por lo menos mi padre se folló a mi madre y se quedó luego”. También hay que decir que no cambiaría por nada mi situación de hijo de madre soltera y aun menos la de hijo único de madre soltera, no he conocido la competencia y yo mismo he ido eligiendo las figuras paternas que más me han ido interesando mientras crecía, así que eso se acabó, bienvenidas/os a un presente en el que, al igual que Virginia, una mujer toma lúcidamente esta opción como una más, olé su chocho moreno y, vaya, les puedo asegurar, que ni falta que hace ese “otro” más que para soltar un chorrito en el momento oportuno. Y de qué manera va buscando Virginia candidatos para esa inseminación es otra de las partes más bárbaras y divertidas.

El virtuosismo de esta novela es extremo —algo que ya estaba en Suerte y en La memoria del alambre—  va a enganchar a tot el mon. Aquí y en Latinoamérica.  Y se lo van a traducir. Cuando me preguntan si Bárbara y yo somos primos o algo miento que sí.

  • Titulo del libro
    DICEN LOS SÍNTOMAS
    BLASCO, BÁRBARA
    Aunque Virginia nunca ha mantenido una buena relación con su padre, se siente obligada a visitarlo a diario y a hacerle compañía cuando este es ingresado gravemente enfermo en una clínica de Valencia. Para ella, obsesionada con las dolencias, los síntomas se revelan más sinceros que las palabras. En esa habitación de hospital se ponen a prueba los vínculos con su madre y con su...
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